Cádiz arde por los cuatro costados

Era un piso, un partidito, en pleno centro de Rota. En la calle Rosario, muy cerca del Ayuntamiento. Era la casa de María Pazos. Los mayetos de Rota hacían el verano con nosotros los veraneantes de Sevilla. A cambio de no pocas fatiguitas. De momento, tenían que quedarse sin casa e irse a vivir al campo. No es que nos alquilasen la casa que tenían vacía. Es que nos alquilaban su propia casa y se iban a vivir como podían a los chozos de los huertos, a las casillas de las viñas. Aquella Rota frutal y vegetal que nosotros buscábamos por el yodo, porque decían los médicos de niños de Sevilla que era la playa con más yodo, era casi más campo que mar. Era la huerta de la bahía, el frutero de Cádiz. Era la Rota del vino de tintilla, la Rota de los peritos de Malacapa, la Rota de los lagares, donde veíamos hombres pisando la uva en cuanto que se iba acercando ya la Virgen de septiembre y nosotros teníamos que volver a Sevilla entre el recuerdo de canciones que mi tía María cantaba esperando a aquel novio, Benito, que nunca llegaba, mirando al mar soñé, y allá en Santander, mi amor, ay, lerén, lerén, lo tengo de centinela…

De la casa de María Pazos salíamos por la mañana, en cuanto las criadas habían vuelto de la plaza y habían arreglado los canastos con la comida para irnos a la playa. Aunque la playa estaba allí al lado, bajando las escalinatas por detrás del Hotel Balneario Buenos Aires, íbamos a la playa cada mañana como de expedición, canastos con la comida, grandes sombreros de palma, los cubos de lata, las palitas de madera… Llegábamos al campamento de las casetas. Cada familia tenía alquilada toda la temporada de baños una caseta con un enigmático candado. herrumbroso de la humedad de la mar, que abríamos cada mañana y nos daba un olor a salitre y catalinas. Allí estaban las hamacas, cuya lona, cuando se pudría, cambiaba mi madre usando tela de costales de trigo de los cortijos. Allí estaban los platos, las sillas, los albornoces. Como un campamento. Que tenía su desahogo delante, en un sombrajo de palmicha que prolongaba la caseta en un como atrio. Y más adelante, hacia la orilla del agua, el blanco toldo, toldo marinero de los que nunca volví a ver: dos vigas de madera hincadas en la arena, que sostenían una vela enmarcada por dos listones de madera, que con unos cabos se sujetaba y se orientaba a la necesidad del sol y de los vientos.

Allí, en aquella trilogía caseta-sombrajo-toldo, echábamos el día. La alta mañana, en la arena de la playa, donde no nos bañábamos solos, que venía, siempre descalzo, siempre con su mono de dril, Antonio el Bañero, y nos metía dentro del agua. No se olvide que entonces no se iba a la playa, sino a tomar los baños, y Antonio el Bañero era el sacerdote que oficiada el rito medicinal. Cuando el sol estaba ya alto, nos metían dentro del toldo. Allí oíamos los pregones de Pico Paco y allí oíamos decir que Pico Paco había querido ser torero. Hasta que llegaban las dos, y nos pasaban al sombrajo, para comer y dormir la siesta. Mientras dormíamos la siesta, las criadas lavaban los platos en la orilla, con arena, y a mí me daba mucho asco ver cómo quedaban flotando en el agua las cáscaras de sandia y las pepitas de los melones… Tras la siesta, cuando ya había pasado el que vendía los helados, nos vestían para volver a Rota, que era otra vez como una expedición. Llegábamos a la casa de la calle Rosario como desde el otro mundo.

La tarde aún quedaba larga por delante, y nos llevaban a jugar a la Plaza de la Plancha, o al muelle, a ver venir los faluchos con la pesca, que subastaban en las mismas cajas que subían por el resbaladero, mientras se iba haciendo de noche, y el faro de la Comandancia era como una lamparilla al lado del dominante faro gaditano que ya mandaba sus guiños desde el Castillo de San Sebastián, que sólo muchos años después habría de descubrir en la Caleta.

Aquella noche, como todas, habíamos vuelto de los juegos en el corro y en la comba de la Plaza de la Plancha, pasando por el túnel de los tablones de anuncios del edificio del Ayuntamiento. Ya habíamos cenado. De postre siempre me daban, en aquella Rota frutal, la maravilla que me entusiasmaba: un racimo de uva moscatel, que fuera tan largo que suspendiéndolo por el rabo, las últimas uvas me llegaran al codo. Me gustaba comerme aquel racimo largo de moscatel sentado en el balcón, por el que veía el trajín de la calle…

Y comiéndome las últimas uvas del racimo estaba cuando se oyó una fuerte explosión y vi como todo el cielo se puso completamente rojo. Era como si hubieran teñido con fuchina colorada el papel azul del cielo del Nacimiento. Salí corriendo, todos salimos corriendo, nos echamos a la calle. Nadie sabía nada, nos llevaron a la plaza de la Plancha, “no, a la playa, a la playa, que en Cádiz ha habido una explosión”. Y otra voz, con otros nervios: “No, a la playa no, que puede llegar la onda, debajo de las escaleras”. Recuerdos de nervios, de gritos, de la palabra “Cádiz” corriendo de boca en boca. Aquel cielo rojo que yo había visto con el racimo de uva moscatel, sentado en el balcón, era el cielo de muerte de Cádiz, el de la dorada cúpula de la Catedral en lejanía cuando estábamos bañándonos, agarrándonos a la maroma hasta donde se hacía pie.

Y como estábamos muertos de sueño y de miedo, aquella noche nos llevaron a dormir bajo el hueco de la escalera, con unas almohadas a modo de colchón. Entre sueños oímos que habían hecho explosión las minas de la guerra. Subimos al balcón, y vimos las medicinas y vendas que sacaban corriendo de la farmacia y llevaban a Cádiz en aquel falucho que cada tarde cargaba la fruta de las huertas. Muertos de sueño y de miedo oíamos: “Cádiz está ardiendo por los cuatro costados”. Y a los mayores hasta los dejaron acercarse al muelle para verla arder desde la terraza de Casa Camacho…

Publicado en: www.antonioburgos.com, 21 de junio de 1997.

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