Cartas de la Explosión

Cuando se cumplen sesenta años de la explosión que envolvió a la ciudad de Cádiz bajo una aureola roja de fuego y metralla, lo más importante hoy sigue siendo el recuerdo de las víctimas. Porque la vida es irreparable. La naturaleza, en cambio, es más fuerte, y allí donde crecían los eucaliptos se alzan otros nuevos, igual de altos y robustos. En lo que fue la Base de Defensas Submarinas de Cádiz ya no dormita un monstruo palpitante a punto de despertar en un alarido de trilita, y en su lugar sólo se ha perpetuado la ciencia, tan largamente cultivada por el almirante Estrada, entonces Capitán General del Departamento Marítimo.

El Instituto Hidrográfico de la Marina, en el barrio de San Severiano, es lo poco que nos trae a la memoria la catástrofe que asoló a la población gaditana aquel funesto 18 de agosto de 1947. Entonces albergaba una dotación de un centenar de marineros, al frente de los cuales se hallaba el capitán de fragata Miguel Ángel García-Agulló, quien había asumido el mando de la base en noviembre del año anterior. Desde que vio por primera vez aquellos dos almacenes de minas, carentes de las más elementales medidas de seguridad y estibadas en lo que había sido un fracasado proyecto como Fábrica Nacional de Torpedos y luego Parque y Taller de Automóviles, percibió el peligro de inmediato: los factores de vulnerabilidad y exposición no sólo eran preocupantes sino que eran extremos. Pero no pudo evitar la desgracia; no porque no se lo advirtiera a la superioridad, cosa que hizo en más de una ocasión durante su mando, sino porque nadie le prestó oídos. Y entre sordos y ciegos llegó la noche más larga de Cádiz.

Eran las diez y cuarenta y cinco minutos de oscuridad cerrada, cuando dos marineros naturales de Málaga y Ceuta estaban a punto de terminar su tercera guardia, uno a cada punta del almacén de minas núm. 1. Custodiaban doscientas toneladas de TNT al final de un caluroso día de verano, cuando los niños de la Casa Cuna comenzaban sus tiernos sueños, los residentes de los chalets de Bahía Blanca y Tolosa Latour se preparaban para cenar y los trabajadores del turno de noche de los astilleros se entregaban a sus tareas en el taller de maquinaria.

El balance de víctimas relacionadas directamente con el siniestro alcanzó la dramática cifra de 150 muertos sin contar el fallecimiento traumático de varios fetos en estado de gestación ni los partos prematuros fracasados; fue una pérdida verdaderamente trágica, donde cada historia personal se convierte en un drama humano compartido. Pero nos centramos en esta ocasión en aquellos dos marineros que, apoyados en su máuser, vigilaban el recinto militar y aquellas esferas negras alineadas entre estrechos pasillos sobre los que se reflejaba su siniestra sombra. Andrés Sánchez Orozco. Desaparecido. Hijo de Alfonso y Teresa. Con domicilio en Marbella, en calle Lucero núm. 3. Jesús Gabriel Palma Ruiz. Hijo de Sebastián y de María. Con domicilio en Ceuta, en calle Molino núm. 30. También desaparecido. Sin saber de quién se trataba, el 21 de agosto se enterraban en un nicho de la línea norte, dos manos, un pie, media cara y otros restos humanos hallados en algún lugar de San Severiano. Eran de la misma persona y todo apunta a que se trataba del joven Jesús Gabriel. Los indicios eran tan claros que el Gobernador Civil se presentó en Ceuta a la semana siguiente para manifestarles su pésame a los padres. Por su parte, lo que se pudo encontrar de Andrés, o ésa fue al menos la hipótesis alcanzada por los investigadores de la Marina, apareció entre la vía férrea y la carretera de Astilleros; «restos humanos en pequeña cantidad, un trozo de culata de fusil y varios trozos de abisinio y de tela de faena de marinería», que fueron depositados en una fosa común situada en el patio 3º, línea sur, junto con los miembros cercenados de otros cuerpos que fueron aflorando durante los desescombros de los edificios más castigados por la explosión. Ésta fue la única fosa común reutilizada durante la catástrofe y no precisamente para dar sepultura a víctimas sin identificar. Andrés fue la única excepción, dado lo irreconocible y la escasa entidad de sus restos.

En los dormitorios de la marinería quedaron las pocas pertenencias de ambos. Además de la ropa de gala, Jesús Gabriel dejó una pastas de cartón en forma de cartera, un detente , dos estampas, un billete de 5 ptas, cuatro fotografías y un telegrama. De Andrés, miembro de una humilde familia de pescadores de Marbella, quedó el recuerdo de dos entradas de butaca del cine Windsor Palace , un pasaje de 3ª clase de la compañía Transmediterránea, una fotografía de un niño, un carné de biblioteca circulante, dos fotos suyas acompañado de una señorita, una estampa de una bella ciudad que bien podía ser Barcelona, y dos fotos de un grupo de sonrientes marineros. La incansable lucha administrativa de sus familias logró que recuperasen estos objetos de tan alto valor sentimental, sobre todo las ropas. Los de Andrés, por ejemplo, tuvieron que esperar un año hasta que el juez auditor acabara claudicando, al reconocer que «existen indicios tan vehementes que producen la certeza moral del óbito».

La muerte de estos dos hombres y la desaparición de sus cuerpos fue un episodio desconsolador para sus padres y hermanos, quienes, además de la pérdida sentimental, quedaban desamparados económicamente en momentos aún difíciles de la posguerra española. En el caso de Andrés Sánchez Orozco, sus padres iniciaron una dura y larga batalla para reclamar, cuando menos, los efectos personales que les trajeran el recuerdo de su malogrado hijo. Además de los desplazamientos que tuvieron que realizar desde Marbella hasta la capital gaditana, hubieron de remitir hasta cuatro cartas para recibir la más mínima información por parte de las autoridades navales, que no acababan de darles respuesta ante la sonrojante lentitud burocrática de la justicia militar. La primera carta, dirigida por su padre Alfonso Sánchez Carrasco al jefe de la base, el capitán de fragata Miguel Ángel García-Agulló, fue redactada por una mano amiga en los siguientes términos:

«Muy Señor mío: Antes de entrar de lleno en el asunto que motivan estas líneas, he de pedirle mil perdones por distraer sus muchas preocupaciones con este atrevimiento, pero no encontrando aquí quien me oriente en el camino a seguir en el asunto que después he de explicarle, he creído lo más conveniente para ello dirigirme a los que en día fueron jefes de mi desgraciado hijo.

Soy el padre del marinero Andrés Sánchez Orozco, perteneciente a esa Base Submarina, cuyo hijo desapareció hallándose de servicio de guardia en el momento de la explosión o explosiones que produjeron la catástrofe de esa capital.

A raíz de ocurrida aquella desgracia, se personó mi esposa en ésa, pero tanta era y tan natural la confusión en aquellos momentos, que sólo la dijeron que su hijo había desaparecido; posteriormente nos fue ratificada la misma desgracia por la Comandancia de Marina de esta ciudad, pero nada más.

Nos dicen y comentan que otros padres que sufrieron la pérdida de sus hijos han sido socorridos por el Estado, pero como yo soy un triste pescador y por más desgracia analfabeto, pues ni la prensa leo, ignoro cuantas disposiciones haya sobre el particular, por lo que me permito recurrir a su autoridad por si tiene la bondad de ordenar me sea comunicado cómo he de proceder y a quién he de dirigirme para alcanzar los beneficios que dicen haberles sido concedidos a otros que pasan por idéntica desgracia a la mía.

Le reitero mil perdones y humildemente espera sus noticias su seguro servidor.

P.D. Por no saber firmar rubrica Eulogio Carrillo.»

El comandante le contestó de inmediato, pero su escrito no llegó a su destinatario, extravío que no fue bien interpretado por la familia. Considerando quizá que el ruego de una madre emocionada haría más mella en el espíritu de los mandos de la Armada y cuantos pudieran interceder por ellos, su madre, Teresa Orozco Mérida, remite al mismo destinatario una nueva misiva, más escueta y formal, con la esperanza de una respuesta por mínima que ésta fuera.

«Sr. D. Miguel Ángel García-Agulló, comandante jefe de la Base de Defensas Submarinas de Cádiz.

Muy respetable Sr.: La que subscribe, Teresa Orozco Mérida, madre del soldado Andrés Sánchez Orozco (Q.P.D.) perteneciente al batallón de su digno mando, con el mayor respeto tiene a bien exponer a V.S.:

Que habiendo desaparecido su hijo, el cual se da por fallecido en la pasada catástrofe en esa capital, desearía tener algún recuerdo del ser querido que en cumplimiento de su deber perdió la vida, dejando a sus padres y hermanos en angustiosa situación económica, ya que él era en vida civil la principal ayuda del sostenimiento de la familia. Espero del bondadoso corazón de V.S. no desatienda esta justa petición y en el momento oportuno recuerde a esta madre llena de dolor y desamparada.

Que Dios conserve su vida muchos años para bien de Vd. y de nuestra querida patria.

Marbella (Málaga), a 14 de enero de 1948.»

Sus peticiones no estaban siendo desoídas, aunque permanecieron ajenos a los trámites. Mientras García Agulló le escribía unas letras a la señora Orozco en respuesta a su correo, la desesperación de unos padres y la desazón de un comandante se cruzaron entre las estafetas. Un desanimado Alfonso acaba por perder la paciencia, dirigiéndose al comandante en términos más desesperados que dan una dimensión humana más real de la catástrofe. Entresacamos sólo algunas de sus más estremecedoras líneas:

«…En resumen, ya he comunicado por escrito, como repito, tres veces a esa Dependencia, cuyo resultado ha sido negativo, digo negativo porque contestación a mis cartas no he tenido ninguna, y yo me dirijo por cuarta y última vez a Vd. ya que se ve el poco interés que con ellas hacen. De esto quiero que me perdone Vd. si le molesto, pero para mí es doloroso, que perdí mi hijo en ese día trágico. Lo siento y lo sentiremos con dolor de mi corazón, pero al mismo tiempo me encuentro orgulloso, porque murió como nuestros antepasados por España…»

Lograron al menos que, casi un año después, el 16 de junio de 1948, las pertenencias de Andrés viajaran hasta Marbella a las manos de sus desconsolados familiares. También les abonaron los salarios de marinería no percibidos, que en absoluto venía a indemnizar tan amarga ausencia.

Éste es el triste y paupérrimo bagaje recuperado por dos familias más destrozadas por la explosión de Cádiz. A ellos está dedicado este homenaje porque, imitando a la naturaleza, la vida humana puede intentar ser casi tan fuerte como ella y sobrevivir a la muerte de sus seres queridos, a su desaparición física y al inexorable olvido de su breve existencia.

Publicado en: Diario de Cádiz, 16 de agosto de 2007.

Deja un comentario