El auxilio del Arsenal de la Carraca en la explosión de 1947

El vicealmirante Fausto Escrigas Cruz envió todos sus recursos a Cádiz.

Han transcurrido ya cincuenta y seis años de la mayor catástrofe que asoló la ciudad de Cádiz en el siglo XX y todavía no ha podido determinarse la causa de la devastadora explosión de uno de los almacenes de minas de la Base de Defensas Submarinas, sita por aquel entonces en los terrenos del actual Instituto Hidrográfico de la Armada.

Más de medio siglo después se sigue cuestionando si aquella tragedia que causó más de centenar y medio de muertos y casi cinco millares de heridos de diversa consideración, fue un accidente o un sabotaje.

Sea lo que fuere —tal vez algún día se sepa la verdad lo que si es cierto es que aquel trágico suceso que tiñó de rojo la calurosa noche del 18 de agosto de 1947, sesgando vidas sin distinción de edad ni sexo y destruyendo viviendas de toda condición social, permanece muy vivo en el recuerdo de muchos gaditanos.

De vez en cuando, gracias a los investigadores y a la generosidad de los propios protagonistas o sus descendientes, se van conociendo nuevos datos y detalles.

Eran las diez menos cuarto de aquella noche cuando un resplandor rojizo cubrió el cielo de la bahía. El comandante general del Arsenal de La Carraca, vicealmirante Fausto Escrigas Cruz, se encontraba en el patio de su pabellón charlando tranquilamente después de cenar con su habilitado, el capitán de Intendencia Manuel Forero García, cuando los farolillos se apagaron de golpe y toda la vivienda se estremeció, escuchándose una ensordecedora explosión.

En un primer momento corrieron hacia el cercano muelle creyendo que había volado el guardacostas “Finisterre” que se encontraba atracado con un cargamento de pólvora pero pronto comprobaron que estaba intacto. Surgió la confusión y enseguida se corrió la voz por La Carraca de que lo que había volado había sido el crucero “Méndez Núñez”, hecho que pronto se desmintió.

Sin saber lo que realmente había sucedido se trasladaron en coche a la sede de la capitanía general isleña donde sólo encontraron de servicio al capitán de corbeta Hermenegildo Sillero del Hoyo ya que el almirante Rafael Estrada Arnaiz había marchado inmediatamente para el lugar del suceso si bien nadie era capaz de ubicar su origen, creyéndose en San Fernando que la explosión había acontecido en los polvorines de Fadricas, cosa que tampoco era cierta como se supo poco después.

Dado que el caos y la confusión se iba extendiendo y adueñando de todo, sin saberse a ciencia cierta que era lo que había pasado, el vicealmirante Escrigas optó por marchar en coche hacia Cádiz acompañado del capitán Forero y de su ayudante, el comandante de Infantería de Marina José Luis Pereira de Vargas.

Cuando llegaron a la altura de la barriada de San José, donde sus vecinos se habían echado a la calle como los del resto de la ciudad, les informaron que la explosión había sido en la base de defensas submarinas, por lo que al no tener enlace telefónico optó por regresar a San Fernando y organizar el envío de los primeros auxilios.

Una vez de nuevo en capitanía el vicealmirante Escrigas se encontró con Aquiles Pettenghi, primer teniente de alcalde de Cádiz, que había acudido solicitando ayuda urgente a la Armada. Ya para entonces la mayor parte de jefes, oficiales y suboficiales se habían ido incorporando por propia iniciativa a sus unidades en espera de recibir órdenes y estas empezaron inmediatamente a ser impartidas por la más alta autoridad de La Carraca.

Así el capitán de fragata Antonio Blanco García, ayudante mayor del arsenal, recibió instrucciones para que salieran en auxilio de la capital los servicios contraincendios, la compañía de guardiarsenales y los servicios sanitarios. Los almacenes de La Carraca fueron abiertos y empezaron a suministrar cuantos efectos les eran requeridos, especialmente lámparas de petróleo, ya que Cádiz se encontraba a oscuras, así como picos y palas para utilizarlos en las tareas de desescombro y rescate.

También se ordenó que el parque de automovilismo de la Armada enviara a la zona del siniestro toda clase de vehículos para transportar al personal de auxilio y evacuar a las víctimas, organizándose en poco tiempo el traslado de todos los médicos disponibles del hospital naval a los que se sumaron numerosos facultativos civiles isleños que se presentaron voluntariamente en capitanía para ofrecer sus servicios.

Por último el vicealmirante Escrigas, antes de regresar a Cádiz, ordenó al coronel Vicente Juan Gómez, Jefe del Tercio Sur de Infantería de Marina, que dispusiera el envío de sus fuerzas a la capital para participar en las tareas de rescate, facilitándole para ello los oportunos camiones.

Cuando el comandante general de La Carraca llegó a la barriada de San Severiano, tras superar un cordón de protección que se había instalado para evitar actos de pillaje y permitir el acceso sólo de las fuerzas de auxilio, tuvo que abandonar el coche y caminar entre ruinas iluminadas por lámparas de petróleo y reflectores.

Marineros, soldados y guardias civiles se afanaban a rescatar entre escombros a los heridos, cuyos lamentos de dolor no dejaban de escucharse mientras los primeros cadáveres recuperados empezaban a juntarse para su posterior identificación.

El vicealmirante Escrigas en su búsqueda casi a oscuras del capitán general para darle novedades sobre la decisión adoptada del envío de recursos humanos y materiales procedentes de La Carraca y San Fernando, fue encontrándose sucesivamente con otros jefes de la Armada que le fueron informando de la magnitud del suceso, tales como el capitán de navío José Cervera Tribout, los capitanes de fragata Manuel Lahera Sobrino y Miguel Angel García-Agulló Aguado así como los tenientes coroneles de Infantería de Marina Francisco Martínez de Galinsoga Ros y Antonio Ristori Fernández, quien por cierto prestó servicios muy importantes aquella trágica noche.

Por fin, en las inmediaciones de las ruinas de la iglesia de San Severiano, que por entonces estaba en construcción al igual que el vecino chalet del bilaureado general José Enrique Varela Iglesias, también derruido por la explosión, pudieron encontrarse ambos almirantes, estando acompañados entre otros del capitán de corbeta Pascual Pery Junquera, comandante del cañonero “Calvo Sotelo”, cuya destacada actuación de aquella noche sería recompensada con la medalla militar individual si bien el capitán general lo llegó a proponer para la cruz laureada de San Fernando.

El almirante Estrada ratificó las acertadas decisiones de Escrigas, quien a partir de entonces le acompañó durante el resto de la noche y buena parte de la mañana siguiente, velando por el cumplimiento de las diversas ordenes del capitán general que siguieron sucediéndose durante todo ese tiempo.

Así las fuerzas de la Armada, con el apoyo de las del Ejército y la Guardia Civil, fueron ocupadas principalmente en tareas de recuperación de los cuerpos de los fallecidos, rescate de heridos y su traslado a los puestos de socorro que se montaron, desescombro de las ruinas en busca de víctimas, extinción de incendios y protección de las viviendas destruidas o abandonadas para evitar su saqueo, siendo de gran utilidad los efectos procedentes de La Carraca.

Aunque se llegó a correr inicialmente el rumor de una nueva explosión procedente de otro de los almacenes de minas que no había explotado pero cuyo cobertizo y parte de las paredes había desaparecido por efectos de la devastadora onda expansiva, surgiendo en sus inmediaciones algunos focos de fuego, la verdad es que nada volvió a suceder e incluso el joven teniente de Infantería de Marina Francisco Aragón Ruiz, para tranquilizar a sus hombres de que ya no había más peligro, se sentó tranquilamente en una de las minas y encendió un cigarrillo con una cerilla que rascó sobre ella.

Durante los días siguientes el vicealmirante Escrigas se encargó personalmente de garantizar que desde sus dependencias de La Carraca, se continuaran facilitando todos los suministros disponibles.

Testigos de aquellos luctuosos hechos y días fueron también sus hijos, uno de los cuales que por entonces era guardiamarina, Fausto Escrigas Estrada, siendo también vicealmirante sería vilmente asesinado en Madrid el 29 de julio de 1985 por la banda terrorista ETA.

Publicado en: Blog de Jesús N. Núñez Calvo, 16 de agosto de 2003.

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