Enterrados bajo los escombros

Familia Benavente-Delgado
Familia Benavente-Delgado

“¡Ahí se encuentra el pobre Benavente con sus cuatro hijos enterrados…!”. El coronel artillero del ejército Joaquín Cantero fue así de expresivo cuando vio llegar a toda prisa bajo el umbral de la Base de Defensas Submarinas a Pascual Pery Junquera, comandante del cañonero Calvo Sotelo, quien minutos antes había salido corriendo desde la casa de Lolín Paredes situada en la calle Cervantes esquina con Garpar del Pino. Apenas podían distinguirse ambos por su silueta en medio del apagón que siguió a la violenta explosión del almacén de minas, con la única visibilidad de un cielo enrojecido por la flama y el resplandor de los incendios próximos de los astilleros, del segundo almacén de minas, la cochera del director y el depósito de combustible situado en el ala sur del Instituto Hidrográfico.

Unos treinta minutos antes de este fortuito encuentro, Cantero se hallaba descansando con su familia en su destino del polígono Costilla, en Torregorda, a medio camino entre Cádiz y San Fernando. Al sentir la tremenda detonación se subió a un coche y se dirigió de inmediato hacia Cortadura adentrándose poco después hasta la altura de la plaza Elios. Allí estaban al pie de la carretera el almirante Estrada y el jefe de la base siniestrada, Miguel Ángel García-Agulló, aguardando la llegada del primer coche que les condujera lo antes posible hasta el corazón del apocalipsis. García-Agulló presuponía lo que había pasado y de hecho llevaba tiempo anunciándolo inútilmente en repetidos informes a sus superiores a la vista de las pésimas condiciones en que se habían venido conservando y vigilando las minas submarinas en un letargo casi suicida. El almirante que le acompañaba y que residía cerca de él en la plaza Elios era precisamente uno de los principales responsables de aquella tragedia. Al fin y al cabo se supone que el mando está para eso, para tomar decisiones. Pero las decisiones no se empezaron a tomar hasta pocos días después de la tragedia, cuando la Marina se llevó las minas hasta el Rancho de la Bola. Ahora la pregunta es obvia: ¿por qué no lo hicieron antes? Sea como fuere los peores presagios se cumplieron y allí estaban los tres marchando hacia la base de San Severiano con más preocupación que miedo. El almirante, en particular, tendría muchas cosas que explicar.

Cuando llegaron a la puerta el oficial de guardia, Leonardo Garófano, les recibió aturdido y con una apreciable dificultad para andar después de haber salido volando por los aires durante varios metros desde el cuerpo de guardia donde estaba sentado. No hacía falta dar la novedad. Era evidente lo que había ocurrido. Solo le había dado tiempo a comprobar que la rampa de bajada hacia los polvorines, por llamar de alguna forma a unas naves con muros débiles de la inconclusa Fábrica Nacional de Torpedos de Echevarrieta, había quedado bloqueada por completo por los escombros de los edificios militares pudiéndose comprobar simplemente que el almacén de minas número uno ya no existía. Desaparecido, volatilizado. Pero el segundo almacén parecía intacto. Había que intentar la bajada a través del Instituto Hidrográfico, la residencia de oficiales y el pabellón del Ayudante Mayor, y fue allí donde se encontraron al segundo jefe de la base, Rafael Benavente, removiendo escombros con las manos e intentando localizar a su familia.

Para Benavente aquella noche sería dolorosa e inolvidable. Segundos antes de la explosión había estado hablando plácidamente sobre las escalinatas de la residencia de oficiales con el joven teniente Gabriel Squella Martorell, uniéndose a ellos por casualidad el cartógrafo Sebastián Ayala, que también salía en esos momentos de la residencia. En esto una metralla de cascotes se abalanzó de súbito sobre ellos hasta que un enorme bloque de piedra catapultado desde algún muro se llevó por delante a su compañero Gabriel, que se encontraba de pie a escasos centímetros de él. El marinero que fue a auxiliarle a petición de un malherido Ayala, quien cedió su derecho a ser rescatado primero, no cesaba de gritar que el teniente tenía la cabeza destrozada. El destino fue sin duda muy caprichoso aquella noche.

Benavente también cayó al suelo, golpeándose con fuerza hasta el punto de quedar inconsciente durante unos instantes. Cuando al fin pudo levantarse su uniforme había quedado hecho jirones y más bien estaba casi desnudo. Necesitaba ayuda desesperada y se dirigió hacia el cuerpo de guardia, donde se había producido una auténtica desbandada. De pronto vio salir de su interior a un marinero llamado Francisco Fernández Vallecillo, quien lesionado se puso a su disposición para rescatar a su esposa, Encarnación, y a sus hijos. Luego se les sumarían otros tres marineros más enviados por Leonardo Garófano.

En esto llegaron el almirante Estrada, el jefe de la base y el coronel Cantero. Adelantándose a la comitiva, un marinero enviado por Estrada fue a advertir al pobre Benavente de la ocurrente orden del almirante: “-¡Don Rafael, váyase usted de aquí enseguida con su familia, pues ha explotado un almacén de minas y hay riesgo de que explote el otro!”. Pero, ¡cómo se iba a marchar teniendo a su familia sepultada en vida! Benavente no le escuchó o quizá decidió omitir el mensaje, actitud que nadie les reclamaría en el futuro ni a él ni a Pery. Todas sus energías estaban depositadas en levantar piedras y recuperar a sus niños y a su mujer. Cuando Estrada pasó junto a él parece que le dedicó unas palabras de consuelo que maldita sea para lo que servían. Su hija Mercedes, de seis años de edad, fue sacada muerta y María Dolores, de cuatro, aún llegó con vida al hospital muriendo nada más ingresar. Sus cadáveres fueron trasladados hasta la casa de su abuelo paterno, Juan Benavente y García de la Vega, contralmirante de la Armada, donde recibió el duelo, siendo enterradas en San Fernando el 20 de agosto.

Sorprende y mucho que durante la instrucción militar de la causa no se le citara para tomarle testimonio de lo acontecido aquella noche trágica y en cambio se le llamara para declarar a favor de la Laureada de Pery, cuando en aquellas horas su mayor preocupación, por no decir la única, era la supervivencia de los suyos. Meses después, Rafael Benavente se vio obligado a revivir un recuerdo dramático e innecesario, sin extenderse ni dar detalles precisos sobre algo que era preferible olvidar y de lo que sin duda ya había tenido suficiente.

Publicado en: Diario de Cádiz, 18 de agosto de 2014.

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