La muerte en el taller de maquinaria

Diez minutos antes de las ocho de la tarde había sonado el primer toque de sirena que anunciaba la entrada del turno de noche en los Astilleros de Echevarrieta y Larrinaga. Fue un largo toque de bocina que se volvió a repetir a las ocho menos cinco. Era el segundo aviso. Los operarios más rezagados apresuraban su paso por la carretera industrial, en ocasiones intransitable, y por las calles de San Severiano. Quedaban cinco minutos para el tercer y último bocinazo. Todo Cádiz vivía al ritmo de esta cadencia monocorde, que junto al reloj del Ayuntamiento marcaba las horas vitales de la ciudad.

Más de cien obreros se incorporaron al tajo, pero no eran todos: a las diez en punto se unirían los que iban a “velá”. Velar en los astilleros era sinónimo de horas extraordinarias, desde las diez de la noche hasta las ocho de la mañana, trabajadores valientes y necesitados que luego prolongaban su jornada de forma consecutiva de ocho a doce y de una a cinco de la tarde. Dieciocho horas seguidas con un único momento de respiro en la cantina de Esteban, donde se encontrarían con sus mujeres llevándoles el costo envuelto en un paño.

Aquel 18 de agosto de 1947, Antonio Noya, igual que muchos otros compañeros, también tenía velada. El hambre era tanta que las diez pesetas diarias que cobraba como oficial de tercera sopletista no alcanzaban a quitarla. Así que, resignado y con apenas unas horas de descanso, regresó de nuevo al trabajo. Debería dirigirse a su puesto habitual en el taller de locomotoras, pero esta vez cambiaba casualmente al de maquinaria, donde le esperaba la locomotora en la que había estado trabajando semanas antes y que estaba lista para armar. Había que probarla, encender el hogar y revisar los mecanismos.

Antonio salió de su casa temprano, andando con paso alegre desde la calle San Bernardo hasta el Campo de Sur, en dirección hacia el barrio de Santa María, donde recogía a dos de sus compañeros en Plocia y Santo Domingo. Allí, casi a la altura de Santa Elena, la entrada del astillero les quedaba más cerca si atravesaban Bahía Blanca, entre grandes solares en los que despuntaban lujosos chalets en los que veraneaban familias venidas en su mayoría de afuera.

Apenas dos minutos antes de la brutal explosión los tres amigos habían pasado justo por delante de la puerta de Defensas Submarinas, ignorando el inminente peligro que hervía en su interior. Las cargas de profundidad depositadas en el almacén de minas número uno estaban invisiblemente al rojo vivo, en plena ebullición, borboteando a mares los gases de fermentación que durante años habían ido desprendiendo las malditas pólvoras por culpa de este calor abrasivo. Tanto que ni siquiera les daría tiempo a los tres hombres a llegar a su destino.

Sin embargo les dio tiempo a recorrer Tolosa Latour y embocar el puente de San Severiano, donde una pareja de amantes ―él rodeándola a ella tiernamente con su brazo― conversaba sobre el pretil que asomaba al polvorín. “Mira esos dos qué bien están ahí, al fresquito, y fíjate ahora adónde vamos nosotros…”, comentó Antonio al paso de aquellos novios. Sin imaginarlo siquiera, ella moriría instantes después en aquel mismo lugar atravesada por una estaca que le entraría por la espalda.

A escasos metros de la factoría, los tres operarios bajaban por la cuesta cuando un enorme fogonazo a su izquierda, seguido de un trueno ensordecedor, dejó sin sentido a Antonio Noya, que voló varios metros hasta que lo frenó en su trayectoria la reja metálica del jardín de Maruchi Echevarrieta. Paradójicamente, sus dos acompañantes permanecieron de pie como si estuvieran clavados en el suelo y sin un solo rasguño. La onda expansiva, con su lengua de fuego y metralla, solo arrastró a Antonio, quien no recuperaría el sentido hasta el día siguiente. Por eso no pudo presenciar la segunda detonación de la que también fueron testigos sus compañeros.

Ellos mismos le recogieron y lo llevaron en volandas hasta Casa Emilio, en la plaza de Víctor, donde sacaron algunos trapos para cortarle la sangre que brotaba abundantemente de su cabeza, por detrás de su oreja izquierda. La herida era grave y había que llevarle urgentemente a un hospital, pero en San Severiano todo había quedado arrasado. ¿Quién iba a pasar por allí sin luz y con las calles llenas de cascotes? Se dirigieron entonces hasta la carretera principal, donde muy pocos coches pasaban y ninguno se detenía, hasta que de pronto paró en seco un camión de la Falange. ¡Rápido, arriba! Y junto a otros heridos continuó su viaje deprisa hasta el hospital militar de la plaza de Fragela.

“Este hombre está muerto”, aseguró a simple vista uno de los soldados que recibían a los heridos en el hospital; así que lo abandonaron en una sala oscura donde otros cadáveres esperaban su salida hacia el cementerio. Por fortuna, al despuntar el alba y bajo la luz de un reverbero que portaban dos voluntarias de la Sección Femenina, Antonio comenzó a dar señales de vida. Fueron ellas las que avisaron a los médicos y quienes lo pasaron a otra sala en la que permanecería por espacio de veintisiete días junto a un señor de Sevilla al que todas las mañanas le traían el Diario de Cádiz. La pieza metálica que seguía alojada en su cráneo, a tres milímetros de tener que hablar cara a cara con Dios, le fue extraída cuando después de varios días comprobaron sorprendidos que la fiebre no remitía y la tensión seguía siendo alta. Así fue la asistencia sanitaria que podía prestarse en aquellos días de locura.

Al final, el doctor don Ramón Julián Julián y la penicilina de Varela hicieron lo posible para que pudiera verse un día regresando vivo al astillero donde muchos otros obreros cayeron, entre ellos Manuel Doroteo García, a quien nadie volvió a ver a pesar de buscarlo incansablemente entre los fangos de la dársena. El taller de maquinaria, en el que debía haber trabajado Antonio aquella noche, se hundió como una cortina de hojas afiladas. Fue una trampa mortal en la que los obreros sucumbieron asaeteados y cizallados por una nube ingente de piezas de metal. Hoy, 18 de agosto de 2012, casi nadie recuerda a aquellos difuntos; tampoco las empresas que han ido recogiendo la herencia de Echevarrieta. En la puerta de los Astilleros de Cádiz, a fecha de hoy, los gaditanos seguimos echando de menos una placa en la que figuren inscritos sus nombres uno a uno. El Régimen de Franco impuso el silencio, es cierto, ¡pero este vergonzoso olvido es responsabilidad exclusivamente nuestra!

Publicado en: Diario de Cádiz, 18 de agosto de 2012.

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