Los niños de la Explosión

Como siempre recordará la ciudad de Cádiz, en torno a las diez menos cuarto del anochecer del 18 de agosto de 1947 —en la actualidad sería una hora más se produce el estallido aterrador de trescientas toneladas de explosivos almacenados en la antigua Base de Defensas Submarinas, una instalación militar ubicada en lo que hoy es el Instituto Hidrográfico de la Marina. Al instante, una atmósfera compuesta de vapor de agua, cenizas, humo y polvo ilumina el cielo de rojo, al tiempo que la onda expansiva, proyectiles incandescentes y metralla impactan de forma brutal contra los edificios de alrededor. Demasiado cerca, a escasos metros del lugar de la deflagración, se encontraba el Hogar del Niño Jesús, donde 199 niños entre expósitos y albergados descansaban ya en sus dormitorios tras un caluroso día de verano, en compañía de las monjas y amas de cría que los atendían a diario. Al menos la planta superior de una de las alas del edificio, la más próxima al depósito de minas, se desplomó en toda su longitud; allí se encontraba una parte de los dormitorios de los niños.

En los días que siguieron, el recuento entre los que tuvieron que ser hospitalizados y los que fueron realojados de forma provisional en el Hogar de la Milagrosa, arroja la cifra de 174 supervivientes, anotándose en el parte del 19 de agosto la pérdida o desaparición de 16 niños y 9 niñas. Otro más, Miguel González González, moriría el 23 de octubre siguiente a consecuencia de las graves heridas sufridas. En total perecieron 26 niños, además de 4 religiosas y al menos 11 trabajadoras del asilo infantil. Por delante quedaba una dramática labor de desescombro, traslado y entierro de cuerpos en el cementerio de San José, la complicada identificación de sus cadáveres y la penosa localización de los padres de aquellos que eran hijos naturales. El de mayor edad no superaba los nueve años y el menor, un pequeño llamado Francisco, había cumplido los dos meses hacía apenas una semana.

El miércoles 20 de agosto un total de 92 víctimas de la explosión entre hombres, mujeres y niños, habían entrado por las puertas del cementerio y muchos de ellos se amontonaban sobre tarimas, mesas y el suelo de varias estancias, pendientes de que algún familiar, amigo, conocido o tutor ofreciera una identificación positiva. Sólo tres niños albergados son reconocidos ese día por sus familiares y en uno de los casos ni siquiera con acierto, pues el equívoco de un tío de Matilde Moreno Sánchez permitió que la pequeña Francisca García García fuera enterrada bajo el nombre de una inexistente Matildita Sánchez Moreno. De nada sirvieron los desvelos de Sor Gloria por encontrar a esta niña de dos años: la Diputación de Cádiz, responsable del Hogar, acaba declarándola como desaparecida. Hasta el derribo definitivo de las cuarteladas de párvulos, a finales de ese siglo, Paquita seguía enterrada bajo un nombre distinto al suyo, mientras que muy cerca de ella reposaba la verdadera Matilde.

Los cadáveres de quienes aún no habían podido ser reconocidos empezaban a descomponerse. El olor que desprendían en las salas era insoportable y había que darles sepultura cuanto antes. Para facilitar el proceso de necroidentificación varios fotógrafos fueron casi arrastrados del brazo para retratar los cuerpos de los niños y de aquellos adultos muy pocos a los que no se había logrado identificar a la vista, sobre todo marineros de la Base literalmente despedazados. Entre náuseas y aromas de puros habanos fueron tomando una a una las instantáneas que se adjuntarían a la instrucción judicial del caso y que se irían anotando en el libro de enterramientos. Registros sin nombres, pero con un nicho, un cuerpo y una foto.

Gracias al trabajo realizado por esos fotógrafos y a la extraordinaria labor de identificación de la Hermana de la Caridad Sor Gloria Ramos Limones, conocemos hoy a aquellos pequeños de la Casa Cuna por sus nombres y apellidos. Aún así, se cometieron algunas equivocaciones que nunca llegaron a aclararse. Ya hemos comentado la fallida identificación de Francisca García, pero no se trata del único caso.

El niño José Luis Martínez Morales es enterrado en dos lugares distintos. Su madre, María Morales, creyó haberlo identificado en el cementerio, por lo que se realiza la inhumación sin que se le practicase ninguna fotografía. Posteriormente, Sor Gloria también lo reconoce en la foto número 25, pero aporta a la instrucción judicial unos datos incorrectos, entremezclados, que lleva a las autoridades a pensar que se trata de personas diferentes. Sería uno de los pocos errores cometidos por esta religiosa. Pero hoy tenemos motivos más que suficientes para sospechar que uno de estos dos niños es en realidad Enrique Parra Sánchez, de la misma edad que el anterior.

Una identidad más fácil de aclarar en esta investigación fue la de la niña albergada Isabel Cañas Hernández, quien tenía 8 años el día de la explosión. La vigilante del Hogar del Niño Jesús, Consuelo Sánchez, aseguró haberla visto sacar muerta entre los escombros del asilo infantil en la tarde del día 19 de agosto y, casi con toda seguridad, fue enterrada como “hembra sin identificar” en los patios de párvulos. Suya es la fotografía número 69.

También por la foto número 55 alguien, no sabemos quién, reconoce a otro albergado de un año de edad, Juan Francisco Jiménez Muñoz, quien, a pesar de figurar como enterrado en los libros del cementerio, es confirmado como superviviente en la investigación abierta por la Marina. Este aspecto es refrendado por la Casa Cuna, que lo tiene realojado junto a su hermana en el Hogar de la Milagrosa a finales de 1949 y que nunca lo incluyó en su relación de víctimas. ¿Quién es entonces este Juan Francisco Jiménez? La hipótesis más probable es que esta foto, al igual que la número 63, perteneciera al albergado Juan Díaz Moreno, quien, como él, tenía un año de edad. Por tanto, el registro del cementerio podría tratarse de un error administrativo.

Pero la ironía de la que en ocasiones se revisten los destinos humanos se hizo más evidente con dos menores de muy corta edad: Manuel Copano Calvo y Diego Sánchez Herrero. El primero nació el 5 de septiembre de 1946 y el segundo, el 10 de ese mismo mes. Ambos eran expósitos y tenían once meses el día de la catástrofe. Sin embargo, Diego no sobrevivió y fue inhumado en la letra A, fila 1ª, patio 1º, de la línea Este Párvulos. De forma inexplicable la Diputación lo considera desaparecido, mientras que daban por muerto a Manuel, su compañero de cuna. Incluso la investigación judicial de la Armada mezcla nombres, apellidos y fechas, certificando la muerte de un tal Diego Copano Calvo. Quiso la fortuna que “Manolete” regresara al Hogar Provincial, quién sabe si procedente de alguno de los hospitales que atendieron a los miles de heridos de aquella noche. Sería entonces cuando en su expediente personal se tacha toda referencia a su defunción, devolviéndole así la oportunidad de continuar con su existencia legal hasta el día de hoy. Por casualidad lo localizamos recientemente en El Puerto de Santa María, donde vive en la actualidad, y pudimos hablar con él. A punto ya de jubilarse, los recuerdos de su infancia y su vida marcada por la explosión formarán parte de un próximo artículo.

En recuerdo de los 26 niños que perdieron la vida a resultas de aquella noche trágica del 18 de agosto de 1947, ofrecemos a continuación sus nombres y sus edades correspondientes.

  1. Luisa Fernández Gil, 9 años.
  2. Francisca García García, 2 años.
  3. José Luis Martínez Morales, 2 años.
  4. Modesto Sánchez Flores, 9 años.
  5. Diego Sánchez Herrero, 11 meses.
  6. Matilde Moreno Sánchez, 2 años.
  7. Enrique Parra Sánchez, 2 años.
  8. José Bonet Rodríguez, 2 años.
  9. José María Ferrera Gutiérrez, 2 años.
  10. Antonio Puchi Sánchez, 2 años.
  11. Manuela Blázquez González, 3 años.
  12. Juan Gabriel Sánchez García, 1 año.
  13. María del Carmen Ríos Arenas, 2 años.
  14. Manuel Sevillano Utrera, 1 año.
  15. Jesús Sánchez López, 1 año.
  16. Antonia Martos Álvarez, 3 años.
  17. María Teresa Gómez Martínez, 10 meses.
  18. Francisco Mesa Castillo, 2 meses.
  19. Francisco Vega Nieto, 9 meses.
  20. Juan Díaz Moreno, 1 año.
  21. José Marín Rosa, 1 año.
  22. José Antonio Pérez Haro, 2 años.
  23. María de las Nieves Gil Morales, 3 años.
  24. José Hilario Barea Amaya, 2 años.
  25. Isabel Cañas Hernández, 8 años.
  26. Miguel González González, 2 años.

Publicado en: Diario de Cádiz, 9 de octubre de 2006.

 

Deja un comentario