Unas manos gaditanas que desenterraron la tragedia

Este testigo recuerda todavía con emoción su participación en las labores de rescate.

Voz rasgada. Experiencias de un testigo. “No había luz, no se veía nada. Estaba todo destrozado”, recuerda Julio Almeida mientras coge con sus manos una foto antigua. Unos días convertidos en tragedia para Cádiz y que este gaditano, que por aquella fecha realizaba el servicio militar, revive con la valentía que entonces dispuso para ayudar al pueblo de Cádiz.

En el año 1947 Julio Almeida realizó el servicio militar en el tercer reemplazo del cuartel de Instrucción de Marinería de San Fernando. El 18 de agosto de aquel año, convocaron a los marineros para colaborar en el rodaje de la película ‘Alhucemas’ en la playa de Valdelagrana. “Pasamos un día muy alegre en el rodaje. Cuando llegamos al cuartel por la noche, comenzamos a comer. A los minutos, las puertas se abrieron y entró un aire que movió todo lo que había en las mesas”, señala Julio asombrado todavía por aquel instante. “Notamos un resplandor que iluminó toda la Bahía. No sabíamos que había pasado. Ni siquiera cuando llegamos a la ciudad”.

Trompetas, a los camiones y para Cádiz. “Cuando las brigadas llegamos a la ciudad, todo era un desastre. Empezamos por la Casa Cuna. Cadáveres de niños, de monjas, personas que tuvimos que trasladar al cementerio en coches y carros. Una tragedia. Lo peor que he visto en mi vida”, asiste Julio mientras recuerda con tristeza y casi con alguna lágrima. Los miembros de la brigada, según el testimonio de Julio, se llevaron toda la noche patrullando y desenterrando con las manos todo lo que encontraban en aquel barrio de San Severiano. “Cuatro días sin dormir, sin comer, y sin saber nada de la familia. Sólo recogiendo cadáveres y heridos”.

Julio guarda con cariño, y con orgullo de haber participado en la ayuda al pueblo gaditano, fotografías y escritos de la época y actuales. Enseña una foto de los miembros de la brigada vestidos con un uniforme blanco impoluto, el mismo que llevaron el 18 de agosto. “Lo pasamos bastante mal. De estar vestidos de blanco con un uniforme largo, acabamos desnudos de cortar tiras para tapar las heridas de todo el que lo necesitaba. Llevábamos ese uniforme porque no nos dio tiempo de cambiarnos al llegar al cuartel”, señala Julio mientras ojea la carpeta donde guarda su historia.

Entre los recuerdos conserva algo que, posiblemente para él, es lo que tiene más valor. Una carta escrita por el Comandante Jefe del Cuartel en la que se dirigía a los marineros que habían participado en las labores de ayuda a la población civil. Un escrito entregado en el Cuartel a cada marinero tras los días que estuvieron en Cádiz. Una misiva de agradecimiento en la que se destaca el valor de estos hombres y su abnegación ante el peligro. Personas que contribuyeron a aminorar los efectos de la catástrofe. “Guardo la carta como oro en paño, ya que por aquel entonces era algo muy grande que un mando te escribiese personalmente”, aprecia Julio mientras sostiene el escrito del Comandante.

Días después, esta brigada regresó de nuevo al lugar del desastre para transportar las minas submarinas que no habían explotado aún, para colocarlas en las cuevas de la Sierra de San Cristóbal.

“No sabíamos lo que pasó en un primer momento. Y no se sabe todavía. Todo quedó en un cajón”, señala Julio mientras cierra la carpeta llena de recuerdos. El esfuerzo callado de un momento en el que unas manos ayudaron a salir de una tragedia. Con las manos entrelazadas termina de hablar. Gracias, de parte de Cádiz.

Publicado en: Diario de Cádiz, 18 de agosto de 2012.

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