Voluntarios de Marina en la Explosión de Cádiz

Manuel Martí Gascó
Manuel Martí Gascó

En Moncofa, a más de ochocientos kilómetros de la Explosión, vive Manuel Martí, uno de los primeros marineros que en la noche del 18 de agosto de 1947 descendieron de unos camiones de color gris sobre una calle cubierta de piedras, en medio de la oscuridad de una noche enrojecida por la lumbre de las minas y la sangre de los heridos. Días antes nada hacía presagiar tanta desgracia. Habían estado grabando la película “Alhucemas” en la costa portuense de Valdelagrana junto a los actores Julio Peña, Nani Fernández, José Bódalo, Sarita Montiel y Tony Leblanc. El papel que le habían asignado a Martí y a sus compañeros del Cuartel de Instrucción de Marinería era el de figurantes, saltando desde las barcazas de marina como la K-25 sobre la playa de Medianera, donde imaginariamente les esperaba Abd el-Krim al otro lado de un campo de minas con toda la artillería fijando el alza sobre sus cabezas. Aquello iba a ser una “tarea patriótica”, según les arengó el alférez de navío Antonio Diguaín. La película del cineasta José López Rubio salió bien, pero el desembarco anfibio no tanto. Un oficial instructor murió accidentalmente durante el rodaje y se pasaron toda la noche velando su cadáver.

El 18 de agosto había terminado su artística misión y regresaron al cuartel cansados y abatidos por la pérdida del oficial. Algunos se acostaron sin cenar y otros estaban levantándose del comedor cuando de pronto se oyó la fortísima explosión. Martí salió corriendo hacia la puerta y se topó con el teniente Manuel Lafuente a quien recuerda que le dijo: “¡Muchacho vete arriba a la dotación, que ha pasado algo y no sé qué es!”. Apenas le dio tiempo a alcanzar su brigada cuando al momento tocaron zafarrancho de combate y les ordenaron formar en el patio del cuartel. Lafuente montó un pelotón con los marineros más veteranos y les confirmó los malos augurios de que en Cádiz había tenido lugar un suceso muy grave. No se sabía nada más, pero había que salir allá a prestar la ayuda necesaria y hacer todo cuanto pusiesen. Con la poca información que llegaba, el teniente sí que imaginaba el escenario al que le habían encomendado dirigirse:

“¡Quizá por primera vez vais a encontraros con la muerte en masa! ¡Los que tengan miedo que se queden y los que no, que se suban conmigo al camión, que nos vamos!”.

Martí no dudó ni un segundo. Se giró y casi despidiéndose de sus amigos les dijo: “Yo me voy”. Para su sorpresa, los demás le siguieron enseguida y se montaron a bordo de dos camiones que esperaban en la entrada. En total marcharon sesenta voluntarios de Marina por la carretera de Cádiz, que aquella noche se convirtió en una vía larga y estrecha en medio del rumor y la incertidumbre. La primera compañía iba al mando del teniente de Infantería de Marina Garballo y la segunda con el alférez de navío Diguaín. Accedieron hasta donde pudieron, pero los postes de luz caídos, los cascotes amontonados en las calles y los raíles del tranvía arrancados y retorcidos obligaron a parar los vehículos. Saltaron y avanzaron andando bajo una oscuridad absoluta y sin poder ver lo que pisaban. No había guardias de ninguna clase a su alrededor hasta que a lo lejos apareció un guardia civil a voz en grito anunciando que se esperaba una segunda explosión. El pánico se apoderó de la columna y sin haber recibido ninguna orden la desbandada fue total. Todos se pusieron a cubierto buscando refugio en algún hueco o echando simplemente cuerpo a tierra con las manos en la nuca.

Marineros del CIM en 1947
Manuel Martí Gascó (centro), junto a dos compañeros del CIM en 1947.

Garballo y Diguaín tuvieron la valentía de permanecer de pie hasta que el peligro pasó por completo. En realidad fueron unos instantes que parecieron siglos. Como si fueran sombras, los marineros comenzaron a asomar sobre los monturrios de la ciudad devastada y las dos compañías volvieron a agruparse para poner rumbo hacia la Casa Cuna. Las paredes y los techos del ala derecha del edificio habían volado y lo que quedaba en pie amenazaba con caerse a la menor presión. Pero había que subir… El primero que trepó sobre los muros fue un marinero catalán que ejercía de cartero en el cuartel y que fue quien dio la voz de alarma diciendo a los de abajo que allí había muchos niños atrapados en cunitas. Ni siquiera palpándolos con las manos lograba saber si estaban vivos o muertos. El cañonero Cánovas del Castillo hacía lo posible para iluminarles, pero sus reflectores apuntaban demasiado alto. Martí y sus compañeros formaron una cadena humana para ayudar a descender a los críos, con la terrible casualidad de que el primero que el catalán le puso en sus brazos tenía los intestinos fuera. Estaba muerto. No pudo evitar echarse a llorar, pero tampoco podía detenerse y aún quedaban otros niños a los que rescatar y salvarles la vida. Entre lágrimas bajaron alrededor de cuarenta criaturas, posiblemente a más.

Unos metros más allá sobresalía de debajo de una gran losa el brazo de una mujer que se agitaba en la penumbra. Empezaron a desescombrar y entre la pared y la cama hallaron a una joven sor Gloria, que se encontraba aprisionada pero ilesa. Su compañera Trinidad, sin embargo, había fallecido: uno de los grandes jarrones de piedra que había en los pasillos del hogar infantil le había destrozado la cabeza. A sor Gloria la bajaron en camisón asida a unas cuerdas. “Hermana, ¿adónde quiere usted que la llevemos?”, le preguntaron los compañeros de Martí. “¡Adonde lleven a los niños, allí me llevan ustedes!”, respondió. Sor Gloria sería la monjita que en la mañana del día 20 cumpliría el doloroso encargo de identificar sobre los patios ardientes del cementerio a los huérfanos que aquellos hombres acababan de desescombrar.

En toda la noche no hubo para ellos café ni agua. Sería al filo del mediodía cuando las circunstancias les permitieron descansar. Derrotados sobre las ruinas de la Casa Cuna se fijaron en un señor vestido con una chaqueta blanca que frente a ellos contaban que había sacado a toda su familia muerta. Y la pesadilla de aquel hombre llamado Manuel Paredes parecía que aún no había terminado. Sentado sobre una tapia de Tolosa Latour, Martí pudo ver cómo el señor Paredes extraía de su cuna a la pequeña María José cubierta de tierra y con el chupete todavía en la boca. “¡Ay Dios, ay Dios! ¡Ni a éste me ha salvado!”, le oyó lamentarse amargamente.

Las ambulancias y los camilleros pasaban corriendo y acudiendo a todas partes. En una de las casas encontraron a una mujer casi degollada, recostada sobre una mecedora de enea. Cuando el domingo siguiente tomaban café con leche en casa de unos amigos que vivían en la calle Argantonio, el compañero de Martí se cayó al suelo desmayado solo al recordar aquella visión. Fueron días sin fin para unas tropas desmoralizadas. Voluntarios de Marina. Hombres de bien, a los que la memoria les reserve un lugar en la historia y un rincón del alma.

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