El Parque de la Explosión

Fue un lunes 16 de junio cuando la pequeña Carmen caminaba alegre por las calles de Sevilla cogida de la mano de su madre en dirección hacia la casa del doctor Pedro Rodrigo Sabalette; una tarde de esas que no se olvidan, en que todos menos ellas corrían para ver a Eva Perón recorrer la ciudad a bordo de un coche de caballos desde el Ayuntamiento hasta la cena de gala en el Pabellón Mudéjar. La autarquía, el hambre y el trigo argentino no importaban nada, porque ella iba a visitar a su amiga Anita, la hija de don Pedro. Allí, cerca de la plaza Nueva, olvidaría durante unas horas aquel ir y venir de gente para ver pasar a Evita, su sonrisa, sus joyas y su inapropiado abrigo de piel.

Al llegar el crepúsculo, pasó lo que ella no esperaba; el momento en que, para su sorpresa, Anita puso en su mano la planchita de juguete que tanto le gustó aquella tarde. Adiós, Anita. Adiós Carmen. Se despidieron, y no se vieron más. Dos meses después, en Cádiz, también un lunes, exactamente el 18 de agosto de 1947, Ana moría sepultada entre cascotes bajo las ruinas de la casa de su abuela, cuando ya tenían las maletas preparadas para partir de vacaciones hacia Tánger en una aurora que nunca llegó a completarse. A su espalda había estallado un polvorín que no debía estar ahí; un depósito de armas submarinas que destruyó todos los sueños de los que, antes que ella, eligieron aquel sitio para vivir allí o para morir allí.

El destino estaba así escrito; porque si se hubieran cumplido los buenos deseos de otros tiempos no tan lejanos, una explosión de olores a rosas y verdor, no de pólvora y trilita, debería haber sobrevolado esa noche lo que años antes solo era un paisaje despoblado y un suburbio sin ninguna actividad industrial entre San Severiano y Bahía Blanca, al abrigo de la sombra de los glacis. Frescura y aromas de cocinas, brisa marina y baños de sal, a los pies de una ladera que no por casualidad mira al orto del sol y a la vieja Gadir, la natal. Desdichada o buena hora en que Cayetano del Toro se inventó de la nada en aquel paraje olvidado una Exposición Marítima Internacional para una ciudad que apenas tenía un puerto digno de este nombre, que carecía de astilleros más allá del frustrado intento de Juan Franco o de los rellenos artificiales de Lacaissagne en la Punta de la Vaca, y que ni siquiera contaba con ingenieros, promotores ni banqueros dispuestos a invertir su tiempo y su dinero en un proyecto concebido con negros horizontes. Ojalá se hubiera desmoronado en un segundo aquel castillo de naipes que auguraban los derrotistas y que a la espalda de Ana Rodrigo Paredes y su familia le estuviese esperando al amanecer el mejor balneario de la ciudad rodeado de inmensos campos elíseos al estilo de Madrid, de los que tanto hablaba Segismundo Moret.

Pero los jardines, por muy verdes que sean, no dan de comer; y buscando el trabajo llegó Vea Murgía. Y detrás de él también Horacio Echevarrieta, quien selló su compromiso obrero con las flores que el empresario vasco regaló a su entonces viuda el día en que el primero de sus barcos, el carguero Gadir, se hizo al mar de la bahía. Tenía que llamarse Gadir; el principio de una historia de la construcción naval sobre las aguas amansadas por las flotas fenicias y púnicas, entre sarcófagos, hipogeos y lúculos a la vista de los fondeaderos. Por cada palada de tierra removida para construir el astillero fueron hallando en el suelo estos vestigios del pasado: lo mismo un esqueleto de hombre con sus viejas armas de hierro o el de una mujer con su milenario collar de cuentas labradas en oro y ágatas. Así afloraron las antiguas tumbas que obligaron a modificar la posición del depósito de torpedos, que minutos antes de la Explosión apuntaba a traición como un fusil contra la espalda de Ana.

Siete talleres como siete pecados mortales quiso construir la Maquinista Terrestre y Marítima; y bastó solo uno, de techos de uralita y débiles paredes acristaladas, para mutilar todo el plan de desarrollo del Cádiz de extramuros. Premonitorio fue el 29 de diciembre de 1937 en que los soldados Feliciano y José murieron tras la explosión ocurrida en las letrinas del Servicio de Recuperación de Automóviles en que se convirtió aquella Fábrica Nacional de Torpedos por la que apostaron Echevarrieta, Alfonso XIII y Miguel Primo de Rivera. Una fábrica de telarañas. Luego la guerra mundial, el miedo a la invasión aliada, el trasiego de minas submarinas, los uniformes blancos que cada vez eran más, la feliz inauguración del Instituto Hidrográfico, el reloj marcando una sudorosa cuenta atrás y la noche trágica de la Explosión.

Lo dijo Manuel Gandarias a los pocos días de morir su mujer estampada contra el muro de su casa: fue el mayor delito culposo sin parangón como tal en la historia de la criminalidad española. Y alguien se encargó de que no dijera nada más. El tiempo pasó y los hechos prescribieron. Estas cosas pasan cuando media el silencio y la iniquidad de quienes supieron ocultar las pruebas, acallar las voces de quienes lo advirtieron inútilmente y menospreciar hasta el valor de quienes evitaron peores males con las manos ennegrecidas por el hollín, el polvo de los escombros y la sangre reseca de los muertos. Ahora solo queda el lamento, la añoranza y los espíritus. Sin embargo, una deuda moral no prescribe nunca, aunque pasen los años o siglos que tengan que pasar. Y una deuda moral se paga.

Por eso volverán, ¡claro que volverán!, más temprano que tarde, los jardines elíseos de Cayetano del Toro, los verdes jardines a los pies de Bahía Blanca, la gente paseando junto a las tumbas de piedra de nuestros antepasados, el ajuar de ágatas y los sagrados huesos de los primeros pobladores, los muros derribados del Instituto Hidrográfico que atenazan el suburbio que todos ansiaron y que nadie supo modelar, unos bancos sobre los que descansar, de verde carruaje o bandera multicolor pintados, los artistas gaditanos ideando creaciones a la luz del sol naciente, los pensamientos divagando en el devenir de la vida, la historia naval y obrera que nos legaron a los gaditanos la ruina económica de Lacaisagne, Vea Murgía y Echevarrieta, el alma de Ana Rodrigo Paredes representada en aquella planchita que Carmen Berraquero me entregó setenta años después con el fin de recordarla para siempre y la albura de los senderos de una memoria que aún está por cerrar. A la espalda del cadáver inerte de Ana, espera el Parque de la Explosión: la deuda moral que, tarde o temprano, habrá que pagar.

Zona devastada origen de la catástrofe y futuro Parque de la Explosión

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